La formación docente volvió a instalarse en la agenda educativa nacional, y eso debería ser una buena noticia. Durante años, el sistema formador acumuló tensiones, desigualdades, desafíos curriculares y dificultades de articulación que exigen revisión. Pero una cosa es asumir esa necesidad de cambio y otra muy distinta es creer que la solución pasa, casi exclusivamente, por evaluar, acreditar y ordenar desde arriba. Cuando la discusión se reduce a dispositivos de control, el riesgo es perder de vista lo esencial: qué docentes necesita el país, qué instituciones deben formarlos y qué papel debe asumir el Estado en ese proceso.